Perdí
la costumbre
de mirarte
y poco a poco
se pasó la vida,
ya sé que
en adelante
perderé
la costumbre
de tenerte,
perderé
la costumbre
de amarte
hasta ese
ineluctable día
en el cual
perderé
la costumbre
de respirar.
Perdí
la costumbre
de mirarte
y poco a poco
se pasó la vida,
ya sé que
en adelante
perderé
la costumbre
de tenerte,
perderé
la costumbre
de amarte
hasta ese
ineluctable día
en el cual
perderé
la costumbre
de respirar.
Todo se ha desdibujado
quedan solo líneas
y borrones,
señas de nube
desaparecen
con el viento
en el cielo.
Tú no estás,
te has ido sin aviso,
nosotros
nos quedamos
sin llanto
que rodando
humedezca
las mejillas,
sin la ambición
dormida
entre una maleta
y sin el grito despierto
de un te quiero.
No importa,
caminaremos,
total…
cualquier sendero
nos lleva allí
a donde no hay
encuentro
a donde
nadie espera.
No logro recordar aquello que te hacía inolvidable.
Efraim Medina Reyes.
Ahora a lo lejos
diviso un trapo viejo
descolorido
colgado al viento
en el alambre
de una casa
pobre.
Los perros callejeros
ladran al paso
de los peatones,
olisquean y persiguen
a las perras en celo
por el
camino triste
y polvoriento
peleándose
a dentelladas
el prodigio
de abrazarlas
fuerte
con sus patas
delanteras
hasta que
uno de ellos
gana la batalla
y se queda
después de
un instante
como los
boxeadores,
pegado con ella
en medio del bullicio
y la crueldad
de los niños
que los persiguen
con palos y piedras
sin compadecerse
de sus hondos y
desconcertados
ojitos aterrados
porque ellos
–a diferencia
de los hombres–
no atinan a saber
qué fue
lo que hicieron mal.
Sin un último óbolo
bajo la lengua,
sin destino
ni rey que te proteja
o te condene
¡Vuela!
que tus manos etéreas
se desaten en alas
para llegar muy lejos
que se abra la noche
con su velo espeso
y aunque no veas nada
siente la oscuridad
de la eternidad
siente el vacío
de la desolación
porque hasta
la más infame
y pertinaz
lluvia te abandonó
para siempre
este era el rumbo
que no veíamos venir
pero que creíamos
que presentíamos
en el hórrido hueco
de la soledad
de entonces
cuando el recuerdo
era eso tan simple
tan hondo
tan intangible
y muerto
en nuestros
corazones niños.
Porque no nos alcanza
el poco espacio
de este cuerpo
para la larga lista
de los muertos.
Porque se rasga
la piel
al estirarla
y el alma queda expuesta
sin remedio
ni calma
y los muertos
nos miran
con sus cuencas vacías
en un mensaje mudo
en un reclamo eterno.
Un fantasma recorre el mundo y ya nadie se asombra, ni Metternick ni el papa; lo recorre en cacerolas, zapatillas de baile y en objetos inobjetables; piezas de construcción, pitillos, peines, lapiceros, sartenes y herraduras. Autos, computadoras, sonares y lentes de binoculares. Sonajeros, relojes, billeteras y polvo para hornear.
Un fantasma contaminante recorre el mundo, venido desde regiones ignotas, se multiplica sin que la gente de ultramar pueda impedirlo aunque se percate de su presencia.
Se diversifica en fantasmales moldes de fábricas de zapatos y pantalones, en espuma para rellenar sillones y brassieres. En siliconas y texturas que se dejarán acariciar con las manos dispuestas como en el primer poema; en copa.
El fantasma aflora como hierba mala, como maleza silvestre y con un sonido de caja registradora se toma los centros comerciales, las iglesias y los hospitales; los establos y los edificios en las pequeñas y en las grandes ciudades. Las manos que lo forjan sin nombre rimbombante se hacen presentes sigilosas, invaden territorios y se posesionan de todo con silencioso paso de fantasma que atraviesa paredes y así tímidamente continúa su marcha inexorable, distrae en su camino a niños y a señores con globos, con botas y placeres.
Adorna con siemprevivas plásticas pasillos y salones. El fantasma escribe cartas, almacena, viste a los pobres y a los otros, pone sombreros, agita campanillas en los jardines y las heladerías, pinta uñas y labios. Se mece airoso al viento en telas y banderas, ensombrece párpados y dibuja líneas que resaltan presencias. Llega en hamacas, satélites y ojivas nucleares, en papel higiénico, en coloreada tinta para reverdecer terrazas que parten o coronan edificios; llega en trasatlánticos y papas fritas en pañales y píldoras contra el estreñimiento.
En vomitivos y yates, en fin, llega el fantasma de todas las maneras… permanece sobre las mesitas de noche, en los bares, las enfermerías y los botiquines representado en anticonceptivos, vibradores y cánulas de lavativas.
Es el fantasma, el manifiesto fantasma del comunismo que palpita en las válvulas del corazón del mundo.
Todos somos suicidas,
unos mueren
como Marilyn Monroe
atragantándose la angustia
mientras van apagando su voz,
otros con el silicio
de unos ojos homicidas
o con la solemnidad
de un oratorio
mientras se funden
los olores
la sangre y el incienso
y se esparcen
en gotas y humo
por el suelo y el aire
del sacro recinto
de las veladoras
y los santos de yeso.
Otros solo viven
en el agotamiento
de la cordura
hasta que se quiebra el hilo
que los mantiene vivos,
caminan sobre la cuerda
floja del mundo
ignorando que ya están muertos
que la sentencia les fue dictada
desde antes de ser concebidos
como especie
y que solo nacen
para completar
la gran farsa del amor fallido,
de los árboles
que acogerán en sus ramas
el vaivén de la cuerda de su cuello
y el peso de sus huesos.
Todos somos suicidas
que nos vamos yendo
entre las yertas olas
del mar del olvido
en los naufragios
y las siluetas
de las naves sordas
que el sueño deja de ver
en la infinita línea
del atardecer
de Sísifo perpetuo
repitiendo su ciclo
de esclavitud.
Ahora, no queda
nada por decir
la voz se ha silenciado
ya no se oye la risa
después de la derrota
y los pies no resuenan
en el patio
con el sonido hueco
de los pasos.
Nadie te vio partir
se apagaron las luces
y tu mano
descolgada
en el tiempo
nos dejó su pena
sollozando.
No queda un todavía,
ni un rumor de palabras
que como lluvia vana
golpee en las ventanas
para seguir rodando
sin sentido ni rumbo
entre la noche larga
de tu llanto muerto.
Tan solo
adelantamos el camino,
las cosas se fueron
desapareciendo
rodando
desde su propio espacio
para ser empaquetadas
en bolsas negras
que se tragaría
el camión verde del olvido
Había decidido,
como decía el poema
“no morirme ahora
porque no había tiempo
ni espacio para mi calavera
en ningún cementerio”
Hoy he cambiado
mi manera de pensar
y he decidido
contravenir las cuentas
porque al fin y al cabo
el polvo no necesita
espacio
solo el viento
que lo lleve
en la soledad
bestial
hasta el infinito
corazón
del tornado final
de los tiempos.
Historias del colegio
Nos dijo que era de Chihuahua, llamaba a los tomates jitomates y nosotros, mi hermano y yo, le creímos, éramos muy niños y estábamos orgullosos de nuestro maestro mexicano. No era cierto y sin proponérmelo descubrí su mentira muchos años después.
Yo, más que orgullosa de mi profesor me enamoré de él, pero claro era un hombre mayor para mí que sólo tenía once años. Por supuesto él jamás me trató como una mujer sino como la niña que era y eso entonces me ofendía, para mi cumpleaños me llevó una sorpresa con juguetes envuelta en papel de seda rosado y mi decepción fue enorme. Al siguiente año me regaló el libro Los de Abajo de Mariano Azuela y ahí sí me emocioné porque sentía que me iba considerando más madura. Después de una vida transcurrida, aún recuerdo su número telefónico y la dirección de su casa paterna.
Su novia de entonces se llamaba Amparo y tenía el cabello rojo que como una cascada caía sobre su espalda, era una muchacha mayor y muy linda, pero a mí me parecía antipática.
Sotillo nos llevó al teatro a mi hermano y a mí, nos presentó los actores del momento y nos hizo conocer las grandes obras de esos años. Se unió a un grupo importante donde representó a un Hamlet subido de peso y para eso, decía que debía ingerir sus alimentos y acostarse luego, consiguió su propósito y engordó un poco. Recuerdo que la línea de sus pantalones grises se tornó más curva y yo lo veía precioso.
De él aprendí la palabra aguerrida y la asumí como propia. El teatro se volvió su casa y a través del tiempo cuando ya no era mi profesor de biología de primero de bachillerato lo veía por la televisión como uno de los más cotizados actores.
A él le debo el amor por ese género que desde esa época se convirtió para mí en una pasión, en adelante no falté a un solo festival y en el cuarto año de bachillerato me hice actriz junto con mi hermano que resultó excelente en su interpretación. Nuestro experimento solo duró dos años.
Nunca volví a ver a Sotillo y la única vez que nos cruzamos, creo que no me reconoció porque no me saludó, en mi inseguridad infantil supuse que no lo hacía porque ya era muy famoso.
Ahora se lo muestro a mis hijos y a mis nietos como mi primer amor, pero,sobre todas las cosas como el hombre más íntegro que conocí siendo una niña. A pesar de su mentirilla.
Aparece de pronto
confundido
entre sombra y reflejos
que se lleva la brisa
de los puertos
camina presuroso
devora cielo y suelo
con camuflados ojos
tras un oscuro vidrio.
Los niños juegan
en las esquinas
de los barrios pobres
mientras cumple
puntual la
balacera
su cita inaplazable
de ineluctable noche
circulan los amantes y
ruedan los autos
por las calles
Recuerda entonces
en su marcha
el viento de otras calles
no todo era tan malo
vuelve el paisaje
conciliador
aparece el faro
en medio de la tarde
y las gaviotas bajan
con su ruido y su canto
con aletazos blancos,
se alimentan de carne
y un quemante
sol invita al sueño
junto al mar desafiante
y desfila otra gente
con sus lentes oscuros,
que les cubren los ojos,
el mar lame con saña
diluyendo en arena
las huellas de la sangre.
Janet miró un instante su rostro en el gran espejo del baño público al que tuvo que acudir de emergencia y quedó embebida frente a su cara que parecía doble. Por un lado era hermosa y de rasgos como dibujados por un pincel maestro; delgada ceja enmarcando un ojo clásico que parecía maquillado en el borde de las pestañas, suave piel que destacaba su mejilla rosada y una tersura inmejorable que aparecía desde su discreta blusa expulsando de adentro la blancura de su cuello.
La otra mitad en cambio, tenia la piel recogida y el ojo deformado por las quemaduras que llegaban como la misma llamarada desde abajo, abrasando su pecho, su cuello y sus brazos con un pergamino agreste, endurecido, que no le permitía acomodarse a su pómulo y subía hasta más allá del cabello que tampoco crecía para disimular con él su lado izquierdo.
Janet voló en un instante hasta la casucha donde estaba durmiendo con sus hermanos; una construcción de cuatro endebles paredes levantada por su padre tratando de que encontraran abrigo en las noches de frio y hambre. En el mismo suelo compartían una espuma vieja y raída, olorosa a la orina de los niños que a pesar de dormir acurrucados unos a otros y del abrazo materno; no podían superar el frio nocturno. Esa noche fue distinto, el padre cruzó la tabla que servía de puerta con una olla caliente en la mano y en dos jarritos metálicos como los que usaban en el ejército, brindó a los niños un líquido tibio y dulzón, que no se parecía mucho al agua de panela que solían tomar cuando reunían para comprar una. Habían almorzado con arroz que la madre consiguió entre sobras, estaban hambrientos, el estómago comenzaba a sonar con ese ruido que todos conocían muy bien, de modo que la bebida les cayó bien y quedaron satisfechos con la cena de papá.
Él acostumbraba a llegar de vez en cuando, en el momento en que los niños se aprestaban a dormir y al despertar en la mañana, ya no estaba, por eso no lo veían mucho, ni sentían gran afecto por él. Si estaban despiertos, los insultaba y los miraba con ojos amenazantes que les inspiraban miedo a todos, menos Janet que ya estaba crecidita y lo veía con rencor. Lo había visto tirar del cabello a la mamá y hacerla llorar con su maltrato y su grosería. Nadie sabía a qué se dedicaba pues nunca tenía dinero, ni respondía por los escasos gastos de la casa.
Los niños más grandes asistían a una escuela pública y al regresar, debían encargarse de los más pequeños. Era casi imposible mantenerlos callados porque siempre tenían hambre y no había forma de alimentarlos. La madre siempre estaba cansada y enferma porque constantemente tenía enorme la barriga y todos sabían que pronto aparecería un hermanito más para cuidar. Eso no les gustaba porque sería un poco de comida menos cuando consiguieran, que era en muy escasas ocasiones. La vida era dura y ellos entendían que a los padres había que quererlos porque les habían dado la vida, pero si eso era la vida, ellos preferían no haber nacido al menos en ese estado previo no sentían hambre ni sufrían. Nada les garantizaría algo de bienestar o de comodidad si su amor por los padres crecía, no pensaban en ello.
Todos quedaron dormidos rápidamente, tan dormidos que no sintieron el chirrido de las llamas que comenzó de pronto muy pequeño y se extendió perezoso en el frio de los cuatro metros cuadrados, llenando de humo adormecedor el recinto, cuando alcanzó la espuma del suelo donde reposaban y devoró su carne. No se percataron de las llamas que lamieron sus cuerpos hasta muy tarde cuando era imposible hacer algo para huir de ellas, algunos gritaron del dolor y la madre entre lamentos pronunció, enredados en angustia algunos nombres que se perdieron en el torbellino de catástrofe del lugar. Solo Janet, que no había bebido mucho del brebaje paterno, alcanzó el patio y se echó agua en la cara de una vasija que recogía la lluvia y que ella recordó en su desesperación, lo hizo hasta que el dolor se lo permitió y cayó con su leve peso sobre ella, la forma de barro cocido penetró su desleído rostro y lo deformó en una línea honda con el filo de su borde; luego se desmayó.
No sintió los gritos de las personas que vivían cerca y que se acercaron con ollitas de agua intentando apagar el incendio que voraz acababa con la vida de los cinco hermanitos y la mamá de Janet. En el mismo momento que el hombre ebrio se echaba sobre el piso de una pobre alcoba construida con trozos de madera donde dormía su otra familia.
Perdonen mi estulticia,
pero no puedo
como un contabilista
transformar
las aterrorizadas caras
de las víctimas
en cifras,
en columnas de números muertos,
en escalas dibujadas que crecen
y decrecen sobre un papel inerte.
No soy un estratega militar
que habla de bajas,
que está acostumbrado
a los cuerpos desmembrados
a contar las victorias y
la gloria sobre cadáveres y
edificios derrumbados.
No soy como los hombres
de piedra que sentencian
en mapas y luego lanzan
las bombas asesinas,
que envenenan el aire,
no soy como aquellos
que organizan los tanques aplastantes,
perdón por ello, perdón, perdón.
No pertenezco a este maldito mundo
que decide quién vive
y dónde debe hacerlo.
Perdón.
Hirviendo
muchos días
entre sus aguas del pavor
Las flores
se desnudan
sobre las tejas
españolas,
el viento
se encarga de llevar
los pétalos muertos
hasta allí
su último resplandor.
No me esperes Ithaca
mi camino
no tiene nave
ni retorno
me he echado a la mar
para perderme en olas
que me lleven
a playas donde evoque
las lejanas tristezas
con mi llanto de sal
diluido en otras sales
de interminables aguas.
No me esperes Ithaca
se perdieron
los pasos desahuciados
esperando la tregua
del jamás.
Mi Ithaca está muy lejos
de esas aguas
y no aguarda regresos.
Las nieves de Los Andes
manchadas con torrentes
de sangre de guerreros
se siembra entre cenizas
de huesos calcinados
con ruido ensordecido
de infames tableteos
de metal rechinando
entre la vieja memoria
de las rocas
murmurando un gran llanto
en palabras que un día
se lanzaron en gritos
y murieron al viento.
No me esperan
Los monte inclinados
con la fuerza del tiempo
aplastan las ciudades
que anteriormente amaban
atadas a sus faldas
y el suelo tapizado
de viejas calaveras
en un descanso eterno
sin encontrar consuelo
ni camino ni pasos
que susurren regresos
no hay retorno
El banquete era el culmen de la negociación y los participantes levantaron sus copas para chocarlas en el centro de la gran mesa cuando un cohete que destruyó el techo les tiró encima la magnífica araña de cristal de roca que quedó manchada de rojo entre restos y escombros.
A los míos nadie les cuenta que están muertos y llegan a casa a cada rato a tocarme el hombro para que yo me ponga a llorar. Conversan, hacen ruido de lluvia y tempestades entre los sueños y provocan flores amarillas en las plantas muertas para que yo me alegre con el aroma, mi papá me cuenta historias de navíos y navegantes atravesando océanos imposibles en tempestades bravas en la absoluta oscuridad.
Mi abuelita solo habla de geranios y de corredores con balcones alrededor de un patio con una palma en el centro donde ella con los pies hacia arriba clama por ayuda. Mi hermano no me habla porque le dan ganas de llorar conmigo,
Como las
construcciones
de Siria o Palestina
como un juego
de niños
endiablados
caen los edificios
con sus almas
de arena y
tiempo
mancilladas,
retorcido el metal
de sus huesos
fracturados...
Podemos seguir andando, conversando, viviendo mientras los otros mueren mientras las bombas estallan en sus vecindarios dejando sin vi...