El hombre leía al otro lado de la cama mientras la mujer dormía plácidamente, repentinamente ella lanzó un grito desgarrado porque uno de los monstruos del libro de su marido abandonó las páginas y se le tiró encima convertido en sombra aplastándole los sueños.
No hacía falta soñar con el joven apuesto, el hombre lo mencionaba en cada arrebato de ira recordándole la felicidad perdida.
En esa casa todos odiaban a otros, no tenían motivos, pero los acomodaban, (la gente siempre hace gestos que se interpretan de acuerdo a quien los observe, tal como decía el filósofo que sucedía con los hechos) la elegancia de los demás era objeto de burla, la inteligencia también, porque evidentemente no podían superarla, ni siquiera acercarse a la base de su pedestal, cuando envejecieron olvidaron los motivos del odio que había corroído sus entrañas y murieron podridos en su propia miseria.
Pobre gente decía la abuela, cuando conoció a familia que se daba sus aires de grandeza; lo único que creen tener es dinero y no se cercioran de su ruina.
Cuando descubrieron la tecnología algunos viejos se aferraron a ella como su última alternativa, no viajaban porque podían poner su figura en cualquier paisaje y exhibirse como caminantes sin fronteras en las ciudades más remotas, se hacían acompañar de fabulosas mujeres o de personajes importantes, eso sí pateaban las puertas y gritaban sin medida dándose decepcionados golpes de pecho cuando en un haz de lucidez les entraba muy remota la realidad y podían oír las risas de sus esposas quienes ya no los compadecían.