Se aprestan
los vampiros
al desangre
aleteos de muerte
que presagian
que detrás del chillido
con colmillos feroces
solo aguardan
la sombra de la tarde.
Se aprestan
los vampiros
al desangre
aleteos de muerte
que presagian
que detrás del chillido
con colmillos feroces
solo aguardan
la sombra de la tarde.
La señora Digna
Historias de mi tío Pacho
La señora Digna, una bien nutrida matrona de avanzada edad, era la abuela de la casa, su familia, dueña de la panadería del pueblo fue siempre apreciada en la región. Al hijo de la señora, encargado de la administración, le decían Don Trino, no por su nombre sino por el tono de voz, su enorme figura denotaba en cada una de las masas que agitaba al caminar, el oficio al que se dedicaba o al menos el gusto que se daba con los distintos manjares que producía en la panadería, su nieto, en cambio, a quien apodaban comején por el gran apetito que lo caracterizaba, no mostraba en su joven anatomía, trazas de lo mucho que degustaba en postres, panes, roscones. y cuanta delicia se le atravesara.
Todo marchaba a pedir de boca, pero se complicó el día de la boda de una de las nietas de la señora Digna.
Cerraron durante varias horas un área del local y prepararon la más grande torta. Tardaron toda una tarde en la producción magnífica; la aderezaron con vino, nueces y variada clase de frutas cristalizadas, uvas y ciruelas pasas, además de la sofisticada decoración exterior con cisnes que le daban cuerpo, y con pepitas plateadas sobre una crema blanca como el vestido y la pureza de la novia.
La torta fue coquetamente coronada con dos figuras de dulce fabricadas ahí mismo; representaban un novio erguido con traje y sombrero y una muchacha frágil con velos, que aparecía adelante, no al lado, y lucía como si fuera a desvanecerse entre los brazos del muñeco.
Por aquello de los malos augurios, el color del vestido de la novia no podía ser utilizado por ninguna de las invitadas y la abuela había insistido en que le fabricaran uno de ese preciso color, cuya tela, forro, botones y hombreras buscó con la debida antelación e hizo llevar donde Alfonsito el sastre del pueblo junto con la revista extranjera que le había dado la idea, para que le elaborara como a la modelo, el más elegante atuendo para esta fecha singular.
La nieta armó la gorda cuando se enteró del color del traje que llevaría la abuela, porque definitivamente era símbolo de mala suerte e inmediatamente se empeñó en persuadirla de usar otro.
Ante el llanto de la muchacha, la señora se conmovió y cedió a los requerimientos de su niña consentida, dejando colgada en un gancho, entre un plástico, la obra que Alfonsito se había esmerado en confeccionar y que le había quedado a la perfecta medida.
Para solucionar el impasse de última hora, buscaron en sus antiguos armarios el más adecuado atuendo para reemplazar el traje de la abuela, al fin encontraron uno que había usado una sola vez y que, estaban seguras, ningún asistente a la boda había visto, por si acaso, consiguieron una flor de seda amarilla que adhirieron cerca del hombro para darle un toque que lo diferenciara ante los ojos inquisitivos de alguna tía que intentara identificarlo.
La abuela estaba triste por no vestirse como había planeado, pero la consolaba pensar que era un sacrificio en beneficio de su niña querida, las abuelas cumplían fielmente con los preceptos religiosos que seguían al pie de la letra y el sacrificio formaba parte de la lista de buenas acciones para alcanzar el perdón y la simpatía celestial.
La señora Digna, siempre muy locuaz, estuvo callada en la ceremonia y luego en la celebración, lucía elegante entre su traje acomodado con una apretada faja porque había ganado algunas libras desde cuando lo estrenó.
Llegó la hora de partir el bizcocho y todos se arremolinaron en torno de la mesa adornada con mantel bordado a mano y delicadas flores blancas, la abuela tenía lugar de honor para presenciar el corte de cada piso del enorme tinglado de harina y dulce sobre soportes de madera tallada en columnitas que hacían juego con todo el decorado, colocados uno sobre otro.
De pronto, doña Digna levantó un brazo y torció los ojos con un gemido fantástico que la derribó sobre los novios de dulce que cayeron junto con ella para morir aplastados por el peso de la emoción de la abuela que, morada y tendida con la flor amarilla pegada sobre la frente exhaló su último suspiro.
En ese azar
donde el cáncer
acostumbra
a robar partes del cuerpo,
hoy me juego la nariz
como quien juega dados
y le apuesta al número menor,
estoy ahí aguardando
el lance de los dedos mágicos
que me regalen la cifra
para salir ganando,
apareció diminuto
camuflado cobarde
entre las células
de mi cansado rostro
que creyó estar colmado
de suficiente pena y
se tragó en silencio
mil dolores
respirando entre máscaras
y olores,
pero aún tuvo espacio
para este invitado
que se coló a la fuerza.
Es tarde para echarme atrás
debo seguir el juego,
porque ahora
se envalentona y
regresa en anestesia
viva y escalpelos feroces
con su sediento filo
a reclamar su parte
debo enfrentar la apuesta
firme
y de pie como los árboles,
debo apostar con
fichas blancas del dominó,
debo apostar
al joker de este poker macabro
por que me dé una sola cifra
para salir ganando,
un muñequito acomodable
a las menores posibilidades,
de perder lo mínimo
en el próximo juego
no pactado
donde
el contendor maléfico
cree que juega
sus mejores cartas,
le estoy jugando al as
que a pesar de todo,
aún guardo escondido
bajo la temblorosa manga.
Los hombres sueñan
países sin fronteras
donde vivir felices
con sus hijos
y sus bártulos,
sueñan atravesar la tierra
bajo cielos azules
con guardianes
cuyos caballos cabalguen
hacia adentro
lejos del río que los divide
y los aparta de sus sueños,
aunque el torrente
los devore
en el intento de
desafiar su furia
en el cruce,
porque sienten
que al menos,
es una lucha limpia
sin carcajadas obscenas,
sin coyotes ni disparos.
Los hombres
siguen soñando
hacinados sin aire,
jugando a que su suspiro
supere las distancias
y aguante las paredes
metálicas selladas
y el calor
de otros alientos
desmayados.
Los hombres sueñan
y emprenden
caminos bloqueados
y van dejando
en gotitas de sangre
la fuerza que los movió
al comienzo,
siguen soñando
hasta el último suspiro
cuando ya sin retorno,
entienden
que no hay un mundo mejor
porque a fin de cuentas
es el mismo
que querían negar
y comprenden muy tarde
que el trecho recorrido
fue más fiero y cruel,
y se jugaron la vida
entre un camión,
en un desierto
o frente a unas
manos criminales
que les apuntaron
directamente
a lo único
que les pertenecía;
sus sueños.
Caminando entre el vapor del recinto con una toalla atada a la cintura, mientras desahogaba los poros de su cansado cuerpo, oyó la voz infantil, las letras de su nombre que alguien pronunció; sintió el roce de su mano al pasar a su lado como una ráfaga de viento, y la sutil tibieza de su aliento; sintió que esa piel lo llamaba a gritos, vio sus ojos de agua y sus cabellos y ya no pudo librarse de esa imagen que se le aferraba lasciva a la memoria con la fuerza de un fauno, un sátiro brutal tras su presa en celo.
Perdió la calma y entre su cabeza se reprodujo una y otra vez el grito de ese nombre, la caída sensual de cada bucle dorado de aquel niño extraviado en medio de la peste y del calor.
Lo buscaba a diario en los amorcillos de la iglesia, en los sueños de los insoportables y nebulosos atardeceres y en el desvelo de cada amanecer. Lo buscaba extendiendo las manos, avanzando sin rumbo entre todos los nombres y entre todos los ojos y en los pequeños labios sonrosados de la humedad de su recuerdo, mientras daba sus últimos pasos hacia el precipicio que superaba su afán y su delirio.
Lo buscó hasta el agotamiento y el sopor de su cerebro ardiente y lo halló en la perfección de las regurgitaciones de su postrer sueño de esteta alucinado, jadeando de placer y muerte en la febril caída hacia un estallido de estrellas, flotando en el infinito sin fondo y sin comienzo.
Midaz.
No porque
no me veas
dejo de estar aquí,
recuerda que
la permanencia
es imperceptible
y yo habito los ojos
que te miran
en el espejo de tu alcoba.
Habito
en las paredes
de tu carne
la interminable
mentira
que te cuentas a diario
cuando me piensas muerto.
Cuando ya
no conjugue en presente,
cuando no pueda decir;
aquí yasco impasible,
completa
con mis amores,
y mis desventajas
que son lo mismo,
con mis miedos
con mis penas
y mis flaquezas;
con mis constantes
actos de fe, de locura
o de incredulidad,
con mis miserias
y mis grandezas.
Cuando ya
no pronuncie
el aquí yasco
impotente
con mis muertos
y mis resabios
con toda mi historia inútil
porque me cansé
de la vida,
porque mis pies
no responden
porque me ganaron
tristeza u olvido,
porque ciega
en mi noche
no conozco
el camino...
¿qué dirán de mí?
Cuando vi a Armando en su última presentación, me puse a llorar y apagué la computadora, no era posible verlo apagándose, a pesar de su empecinamiento y la fuerza que intentaba demostrar a toda costa.
Recordé a Evita atrapada en su corsé de alambres sosteniendo su esqueleto y su anatomía derrumbada, de pie a la mala, recostada en un armazón insertado entre sus ropas y disimulado en su espalda para que apareciera en el balcón frente al pueblo que la aclamaba y quería verla, sin importar si sus fuerzas le alcanzaban para levantar la mano. La recordé cuando miré al amigo vencido por el cáncer presentando un libro que en competencia con la muerte, se empeñó en publicar y mostrar al mundo.
Pensé que alguna persona era responsable o tal vez irresponsable por este desafuero, que alguien debió impedírselo, luego recordé su empecinamiento y dejé de culpar a otros por algo que él consideró la culminación de su esfuerzo literario, iniciado poco tiempo atrás cuando comenzó a publicar todo lo acumulado a través de los años y a resumir su carrera de columnista investigativo y su esfuerzo loable de caricaturista, en algo que consideró su propia despedida de este mundo y me reproché al sentirme con derecho a opinar sobre algo que no me correspondía.
Fue el afecto, el miedo, a lo que veía que venía lo que me hizo apagar la pantalla y sumirme en mi llanto mudo cuando vi sus fuerzas tan menguadas, cuando vi que no atinaba a precisar sus respuestas.
Él tan veloz de pensamiento, tan organizado mentalmente, tan locuaz y óptimo en sus comentarios, tan oportuno a la hora de resaltar sus aventuras y darse a conocer.
Él tan habilidoso en su conversación tan agradable, él tan gracioso como sus dibujos, aunque en el fondo guardara su inamovible fuerza de militar antiguerrilla que dio origen a otro de sus libros.
Qué podría decir de ti Armando, hoy todos hablan de tus cualidades y ante eso no tengo mucho que agregar. Pienso que tal vez te alejaste a propósito para que nos fuéramos acostumbrando a no verte, a no contar contigo para los almuerzos italianos y las caminatas, para ver aparecer la aurora en una playa después de una fiesta larga.
Ese fue tu pretexto para amainar el peso de tu ausencia que ya veías venir, a pesar de las nano prácticas y los cuchillos.
Armando, conspirador, tirano, ególatra, fiero en tu territorio. Te paseabas midiendo tus dominios y cuidándote de cada paso, de cada intruso, de cada escollo.
Enfurecido ante el mínimo fracaso, imponente, arrogante y prestidigitador de sentimientos, amigo de sus amigos y enemigo feroz de sus contradictores, hoy reconocemos que, como la hermandad de la amistad es así:
Te quisimos incondicionalmente y que después de un año, finalmente podemos decirte adiós.
Midaz.
8/3/2021
Historias de perros la más costosa media
Popete era un perrito color café, con ojos amarillos, tenía una mirada maravillosa que seducía e invitaba al amor a primera vista. Había llegado a su nuevo hogar muy pequeñito y desde entonces recibió gran cariño de parte de la familia. Pronto dejó de ser una mascota manejable porque creció mucho.
Llegó entonces a la casa una señora que lo entrenó con artes maestras, pero él sabía muy bien con quien mostrar sus avances en las nuevas normas adquiridas y también sabía de quién burlarse porque lo veía más débil o tal vez más amoroso y permisivo con él, sus ojitos pícaros lo delataban.
Rápidamente se convirtió en un gigante y ahora, cuando contaba con un año y medio, era incontrolable, ya los había tumbado a todos cuando lo sacaban a pasear, no sin hacerles daño en codos y rodillas.
Popete era hiperactivo y su energía canina tal como su cuerpo, no paraba de crecer igual que su picardía. Por lo demás, Popete era un perrito feliz, aunque tenía gustos raros en su manera de comer, se saboreaba al contemplar las servilletas desechables como si de un filete se tratara, su dieta secreta era extraña:
En un santiamén comía papel, madera, tela, además de la comida normal de los otros perritos que también engullía con fruición.
Popete, a gran velocidad comía zapatos y medias; rompía sus camitas y se comía forro y relleno, con gran sigilo y velocidad se robaba los cojines, las cobijas y los limpiones de la cocina, y mientras lo perseguían para quitárselos, los dejaba hechos jirones. Despedazaba camisas, toallas y cuanta pieza de ropa se le atravesara para pasársela por el paladar de un solo tarascazo, se devoraba a pedazos las máscaras de la pandemia -que en ese momento azotaba a la humanidad- y sobra decir que le encantaban.
De los guantes… ni hablar, una dentellada certera los desaparecía al instante entre su hocico voraz.
Popete comía cocos, el relleno fabricado con trozos de madera que se echaba a los pies de los árboles, las cortezas de las palmeras, las flores, los clavos que se caían cuando colgaban cuadros, el plástico de los destornilladores, comía de todo y cuando sus dueños preocupados lo observaban, notaban que solo las medias lo enfermaban porque se quedaban atoradas entre su estómago y su garganta y se le devolvían, eso le proporcionaba un corto periodo de calma, pues se echaba sumiso mientras se libraba de ellas.
En su casa, como es natural, lo vigilaban, pero él se daba mañas para engatusarlos a todos y conseguir lo que se había propuesto comer. Lo regañaban por todas sus pilatunas, pero él parecía no oír y no aprendía a pesar de conocer el castigo que era ponerlo entre la jaula. Eso sí, bajaba las orejas y ponía el rabo entre las piernas, pero no se dejaba encerrar y no había prácticas de entrenamiento que funcionaran. Él solo obedecía una voz; la del señor de la casa, ahí no tenía que oír repetición de la orden, la cumplía al instante.
Todo marchaba normalmente hasta el día aquel cuando la niña de la casa viajó de la Florida a California para pasar una larga temporada de vacaciones con los abuelos paternos, ese día Popete se vio muy consternado sin poder explicarse lo que sucedía. Se entristeció por primera vez en su vida y a partir de tres o cuatro días se volvió muy obediente, ya no se burlaba de los viejitos que lo cuidaban, ni saltaba sobre ellos hasta derribarlos en el pasto cuando lo sacaban a caminar, ya no brincaba como un potro salvaje sobre las grandes vallas de matas cortadas cuidadosamente a dos metros de altura para adornar el jardín; no atravesaba el enorme solar con más velocidad que un caballo desbocado, sino que muy paciente, se sentaba a los pies de los ancianos o, por su cuenta se instalaba en su jaula con la puerta abierta, sintiendo que era su habitación, y ahí dormía durante largos periodos.
Nadie sospechó a qué se debía el cambio en la conducta del perrito y menos que él se imaginaba que aquella niña que él amaba, seguramente se había comido una media y había sido castigada y desterrada por eso.
Popete cambió su manera de actuar pues él no quería arriesgarse a sufrir el mismo castigo y ser desterrado como la niña que no aparecía por la puerta por donde la vio partir, ya una vez cuando muy niño lo habían separado de su mamá y sus hermanitos y por fortuna lo habían llevado a donde ahora vivía y se divertía tanto; así que en adelante se comportó como un perrito dócil y triste hasta que se produjo el milagro del regreso de la niña que le trajo muchos regalos con los que jugaron, hasta que Popete, como todo lo que cruzaba por su camino, se los comió uno a uno
Soy hija del tiempo
y de las piedras,
de las rocas más recias,
hija del mar
y de la conjunción de los planetas,
de la luz del día más brillante,
solsticio que me vio nacer
cuando no era aún mi tiempo,
llegué de pronto
irrumpí atrevida
después del orden de los ritos
y de la luz más larga.
He muerto y he nacido
por los siglos del olvido
y los descubrimientos
mientras en las antípodas
se fraguaba la oscura enorme noche,
así aparecí,
así soy,
viento y nube,
sol y sombra,
lluvia y fuego:
Yo.
“Manecita rosadita muy experta yo te haré para que hagas buena letra y no manches el papel”...
... y la mano rebelde
se negó a ser domesticada
y cambió mil veces el tono leve de su piel taimada
y manchó todos los papeles con diatribas y cantos de letra grande y desordenada
y aprendió a caminar sola
y a gritar entre las otras manos que la señalaban
y a ser mano levantada,
mano fuerte y obcecada,
mano que abre y cierra caminos
que escala, cae
y vuelve a erguirse empecinada,
que empuña plumas y azadas que acaricia y ama,
que vuela, que alimenta, aprende y siembra
y por sobre todas las cosas, que aunque la amordacen
no se queda callada.
Aquel indescriptible objeto que me mira desde mi infancia con cierta conmiseración en sus gastados filos de la ternura, aquella blanca cosa que algunas veces se decolora hasta invisibilizarse del todo y que aún así no deja de perseguirme por donde yo vaya.
Lo vi en mi primera y arriesgada aventura del amor cuando robé unas llaves para colar aquellos ojos verdes en mi corazón de adolescente apasionada, lo evoqué cuando cerré los ojos en los espasmos del placer y me justifiqué ante él como si alguna autoridad ejerciera sobre mí.
Lo seguí viendo a través de la vida que con tanta explicación me pareció muy corta, seguía presente entre los armarios, en los aviones y en los barcos acompañándome por donde iba para que siempre recordara su presencia finalmente ladina que se me escapaba babosa entre los sueños porque ahí también estaba presente siempre con un hilillo de viento que percibía debajo de los grandes almohadones y los cojines, aparecía como un aliento, una tibieza colada que no me dejaba olvidarlo.
Yo no sé si a todos nos pasó, no tengo a quién hacerle esa pregunta porque quedé sola con él y sus ojos de vidrio que no puedo ocultar tras las cortinas. Creo que me antecede y me precederá en las sombras que me aguardan más allá del camino trunco.
Mientras suenan sirenas
en las calles
y el resplandor
de muerte las invade
mientras caen
los hombres y los niños
y los gritos estallan
en las gargantas
de las madres
los gobernantes
brindan en sus copas
rebosantes de sangre.
Midaz.
Primer comandante
El hombre se había tomado una embajada a sangre y fuego, perdió a uno de sus hombres gracias a un certero disparo propinado por los guardias durante el ingreso, ya adentro dominó la situación y secuestró a los asistentes, entre ellos a un alto prelado de la iglesia católica, a embajadores y personajes importantes del mundo diplomático, a quienes hizo permanecer en el edificio de la sede invadida, siguió adelante en sus propósitos que eran a largo plazo y ocupó los titulares de la gran prensa del país durante los largos días que, efectivamente, duró la toma del lugar.
Se bautizó a sí mismo como el número uno de la misión, por algo era el comandante en jefe de la operación y así lo conoció la humanidad durante varios días de emoción contenida a nivel mundial.
La chica más bella y osada del comando, negoció con el gobierno la liberación de los rehenes y consiguió todo lo solicitado; la liberación de sus compañeros presos, garantías, transporte y pasaportes para salir del país. Los periodistas la aguardaron día a día, durmiendo en carpas instaladas frente al edificio, hasta ver la salida triunfal de esta mujer pequeñita que solo mostraba sus enormes ojos negros. La totalidad del rostro lo ocultaba tras una máscara.
Días más tarde se les vio viajar a islas lejanas muy satisfechos de sus logros. Después del tiempo regresaron a su patria y fueron respetados por su osada acción, pero en los altos mandos se fraguaba la venganza.
La chica murió en las montañas mientras se batía en un combate feroz antes de firmar la paz que acabó en el exterminio desgranado que poco a poco cobró la vida de casi todos los demás integrantes de su grupo, aquellos que habían confiado en el compromiso pactado.
Del hombre no se volvió a saber mucho, hasta que reapareció militando en ese otro bando; uno de los movimientos más criminales de la historia del país, con ideología opuesta a la que otrora defendió. Un grupo que, precisamente, fue el que asesinó a miles de sus compatriotas y a todos sus copartidarios.
Según contaban quienes vieron una carta que escribió el comandante en esos días de gloria y prensa, había invertido las letras de la palabra decisión, demostrando entonces a todos, su pésima ortografía.
El tiempo y la vida, siguieron refrendando, que fiel a su escritura, ahora seguía invirtiendo la palabra y había tomado la decisión equivocada.
Cuentico macabro
Todo comenzó con una pena honda, tan honda que no se perfilaba su fin en el devenir de los días y le extravió el seso, inconscientemente mordió y mordió sus uñas hasta que la sensación de distracción y alivio se le convirtió en placer, de esta manera hizo su ingreso en la oscuridad de un vicio incontrolable.
Pasaba de un dedo al otro agotando las posibilidades naturales de recuperación y crecimiento de las uñas, cuando cruzaba esa línea de espacio entre la carne blanda y la solidez que a gusto destrozaba, se producía un poco de dolor y cada tajito que atrapaba superficialmente con los dientes, le producía una combinación de sensaciones a las cuales también se acostumbró con gusto, luego cuando brotaba la sangre lamía y succionaba, así como desde niña había visto hacer a algunas personas cuando se cortaban.
No notó cuándo se atrofiaron las uñas, ni en qué momento se iba tragando su propia carne que la saliva había ablandado.
Nadie se enteró del suceso, hasta cuando la encontraron desangrada entre su cama con los huesos de las manos al descubierto.
Sin petición de mano
Cuando Jorge decidió proponerle matrimonio a Miryam, se dio cuenta que ya no quedaba un solo libro en sus anaqueles, él la quería tanto que para complacerla, a diario le prestaba uno que ella sin falta le pedía, entonces, ese día, sin libros, comprendió que ella no volvería.
Despedida
Aquí tengo tu guitarra
porque la maldita muerte
no permitió que la
llevaras a cuestas
Sus cuerdas
aguardaban
tu mano diestra,
pero llegó a cambio
una siniestra.
Minero
Con el dinero que intentaba ganar ese día, completaría la suma para comprar el anillo que le daría a Julia. Después de la explosión, solo apareció una lista de nombres en los diarios...
Los ojos de Anabella.
Desde que se cruzó con ella, Juan comenzó a arder por dentro, las llamas de su entraña amenazaban con consumirlo, él bebía agua para apaciguarlas sin lograr mejoría. Mientras se dirigía al trabajo el enardecimiento era insoportable, entonces contemplaba las enormes jardineras con flores que adornaban el borde de los andenes de la ciudad y la frescura de los pétalos se le metía por la respiración aliviando un poco sus furores, no podía en cambio, mirar aquellos tallos marchitos porque se avivaba la hoguera en su interior que no lo dejaba vivir, era muy difícil transitar por la calle con esta sensación. Tornó entonces su mirada hacia las copas de los árboles que allá arriba podían respirar y batirse al viento.
-Esa es la salida, se dijo-
Subió corriendo los diez pisos del edificio y llegó agotado a la terraza desde donde se contemplaba entera la ciudad, tomó aire y ensanchó su pecho con los brazos abiertos como alas, entonces allá a lo lejos vio los ojos de ella y por fin pudo frenar el incendio que lo quemaba con esa nueva sensación de libertad que solo duró los breves segundos de la caída.
Lapsus
Después del crimen, el hombre levantó su pistola humeante intentando soplar el cañón como acostumbraba, en su sórdida emoción, al tiempo que lo hacía sufrió un lapsus, oprimió el gatillo y se disparó en la cara.
Gallera
El animal sacudió la pata que acababa de ser liberada cuando el hombre terminó de pulir sus espuelas para la pelea y de asegurar el afilado cuchillo que dejó un charco de sangre en la arena y una herida mortal en su cuello de entrenador.
La muerte llegó en febrero y en octubre, llegó en junio y en agosto, en enero y en abril, en noviembre y en diciembre, en septiembre, en mayo, en marzo, llegó en julio y llega siempre. Todo el año en días grises o resplandecientes, con noches negras o plenilunadas, en la más absoluta oscuridad o al rayo del sol radiante. Llega, llega, llega sin permiso, sin aviso, sin palabras, con gritos con aullidos con silencios atroces. Con anuncios, sin ellos, desbocada, lenta engañosa acercándose tímida o rabiosa descarada bestial. enajenada, turbia, clara; en fuego, en agua, en cristales, en viento. Filtrada en hospitales, llega llega, llega sin que sepamos nada. Ignoramos sus pasos y sus manos heladas y de pronto aparece con su risa macabra a enseñarnos lo torpe, lo anodino, lo frágil de esta corta jornada.
Para quién
sopla el aire
de tu calle,
para quién
esa luz de tu ventana
para qué enjambre
de descontroladas
aves y plantas,
la lluvia escandalosa
se derrama
en el patio de tu casa.
Se fueron todos
los sonidos alegres
los ecos de
las voces vivas
se fueron las tristezas
las palabras
a vivir en la sombra
cobijadas.
Para quién sopla el viento
que tocó tu mejilla
y se llevó las hojas
secas en la madrugada.
Para quién tanto ruido
en las esquinas
circulando sin luz
entre tu almohada.
Podemos seguir andando, conversando, viviendo mientras los otros mueren mientras las bombas estallan en sus vecindarios dejando sin vi...