Cuando la ciudad muere en la pupila del gato en la mia está amaneciendo.
Saturday, February 19, 2011
Friday, February 18, 2011
Puedes retenerme con el destello verdeazulado de tu mirada, con la incertidumbre de quien busca algo mejor, con el amarillo de los sueños del atardecer sin pétalos que lo adornen, con tu pisada dura contra la injusticia con tus poemas ebrios de ensueño, con la fuerza de tu mano que se debilita en la caricia de mi pecho desnudo. Puedes retenerme con tu cuerpo, con la arrogancia de tu sexo en acecho de mi sexo con tu piel abrigando mis hombros extraviados, con tu compañía. Puedes retenerme con tan poco como un te quiero en la soledad, con tu empecinada lucha que no claudica ni se vende, no tienes que esforzarte. Puedes retenerme con tan poco como seguir siendo el de ayer, el de siempre, el que cambia el que serás donde camines donde sueñes donde quiera que te encuentres
Pesaban como piedras en esta noche de angustia solitaria y había que transportarlas a cuestas por un largo camino sin descanso a pesar de los vericuetos y de las altas cimas, no era posible librarse de ellas ni dejarlas a un lado para descansar, porque inclementes se aferraban a mi cuerpo sin darme respiro ni tregua. Creo que esta historia comenzó en la más tierna infancia y que todos a mi alrededor, se encargaron de dármelas sin medida, inicialmente me gustaba acumularlas y acariciarlas como un nuevo juguete, les acomodaba el pelo, les inventaba vestiditos y las sacaba a caminar con paso torpe por los alrededores de mi patio, ellas se trepaban por las enredaderas y el rosal amarillo tratando de escaparse y hube de espinarme los brazos para impedir semejante desafuero. Otras veces se metían en la tina conmigo chapaleando en el agua y creando un enorme desorden que luego no me ayudaban a arreglar, eran díscolas y ágiles se colocaban en todos los estantes de la casa y desde allá me lanzaban carcajadas a la cara, burlándose de mi angustia por no saber retenerlas disciplinadas junto a mí, trepaban las ventanas y hacían nudos en las cortinas, se deslizaban por el pasamanos de la escalera y siempre bulliciosas no me daban reposo, muchas veces se pusieron obscenas e inadecuadas pero yo las dejaba para seguirles el juego, ellas habían resuelto enloquecerme y yo disimulaba pretendiendo no conocer sus intenciones. Cómo me hacían sufrir con su descaro, ya en mi adolescencia se asomaban en mis más íntimos momentos amenazando con dañarme la concentración en mis solemnes actos y en mis oraciones, se colaban por los tejidos y las nervaduras de mis mejores trabajos dándoles toques de desfachatez, grosería y rebeldía incontrolables. Algunas veces también llegaron en los grandes momentos con sus mejores galas dándole realce a mis proyectos con su elocuente sonrisa. Vivían y dormían conmigo y se transformaban de acuerdo a la ocasión portándose tontas, lloronas inadecuadas, necias y por qué no, serias, oportunas, regias, lúcidas, sumisas o destempladas, nunca se sabía con qué actitud iban a aparecer en mi escenario; yo les temía por la incertidumbre en que me mantenían cuando hacían su aparición o cuando simplemente desaparecían sin previo aviso. No niego que las busqué cuando en algunas ocasiones intentaron abandonarme y que las llamé desesperadamente para que me siguieran divirtiendo y avergonzando; para que le dieran lustre a mis conversaciones, y que las invoqué desesperadamente en mi adultez cuando definitivamente querían escapar con los niños que estaban naciendo porque ellas se mantenían sin edad, frescas y dispuestas a adornar o a malograr la vida de los otros. ¡Pobrecitas!, ahora las cargo como un fardo sobre mi espalda encorvada sin saber qué hacer con ellas, ahora que han perdido su brillo y su capacidad de significado, ahora cuando adheridas como lapas unas a otras, son solo muñones desarticulados, sin sentido, ahora cuando prisioneras, se acumulan encerradas en este bulto de la memoria que me aplasta y no me deja caminar el último sendero empinado hacia lo desconocido, porque he olvidado para qué sirven y cómo se utilizan en esta pesadilla sin fin, en este sueño sin nombre, las palabras. Para Mañita una niña vieja que olvido cómo pronunciarlas.
Honorio tomó en sus manos el crucifijo de plata que minutos antes había tomado de la casa de su madre, y en el tono solemne que lo caracterizaba, espetó su sentencia: ¡Si Judas te vendió… yo te voy a empeñar! Acto seguido lo colocó en su mochila y se dirigió a la prendería del pueblo.
Mientras un hombre es condenado por robar libros. Los asesinos se aposentan en las mullidas sillas de los diputados. El hombre lee en la cárcel purgando su sentencia y los diputados contribuyen con su sabiduría a elaborar las leyes de la república
Ella lo miró pasar con su mochila y con sus instrumentos musicales que le produjeron una morbosa curiosidad de aprendiz, y lo siguió mirando hasta que él cambio la dirección de su mirada absorta en las montañas lejanas y la encontró con su fingida sonrisa, esperando aquel gesto que la llevara a la realidad del músico. Así pasó. Se siguieron cruzando varios días que ella adornó con hojas amarillas enredadas en los cabellos sueltos, hasta que decidieron vivir juntos. Él, la enseñó a soplar algunas notas y le engendró un hijo. Compró una cama y bajo ella guardaba las melodías andinas con maniática meticulosidad. La nombró princesa de su reino ignoto y de la luminosidad perdida en los vericuetos del sendero empolvado por siglos de abandono y enterrado bajo nubes de polvo y tiempo. Llevaban una vida sin prisa y él adoraba la cama guardiana de sus gaitas. Ella, con la curiosidad satisfecha, conocedora ahora del origen de las notas y roto el mito del muchacho exótico, se aburría del lamento incaico. Le molestaba el hecho de que al cerrar la puerta, la revisara dos veces para asegurarse que estaba bien cerrada y para que ella no lo creyera un maniático, cuando su intención era hacerlo cinco o diez veces. Ella vestida con sus largas faldas, decidió incursionar en otros mundos y trasladó por unos días su reino hasta donde un viejo profesor que estimulaba su vanidad y la presentaba como la descubridora de los ecos de los Andes y el folclor costeño. El juego no le duró, porque el músico, compulsivamente cuidadoso de sus pertenecías entre las que la contaba como su mayor tesoro, comenzó a sospechar e intento llevarla lejos del lugar. El viejo profesor todo lo soportaba con estoica resignación y le ofrecía otro imperio que en su memoria decadente confundía y creyendo que así era el nombre de la diosa que quería darle; la llamaba Tiuantinsuyu*, tratando de aproximarse a los delirios juveniles de ella. Hasta que otro día, se cruzó un joven nórdico en el camino de los tres. Ella entonces, violentó la puerta y sus cerrojos, se robó la cama, se llevó al hijo y se fue con su música a otra parte.
* Tahuantinsuyo: Imperio inca, el imperio de los cuatro puntos cardinales.
Saturday, February 05, 2011
Nosotros, pobres hombres, erigimos bestiales, monumentos, viajamos a la luna, escarbamos el sol, desafiamos el átomo, exterminamos ciudades, nos engrandecemos frente al viento y creamos cohetes manejamos el fuego como vestales nuevas con sus oficios viejos. Quemamos las angustias en las inmensas torres de aquel templo magnifico que un día sin excepción, todos nosotros; le construimos al ego. Explicamos con fórmulas la noche, el amor, los deseos. Enfrentamos el miedo consumimos enfermos, devoramos, soñamos trascendencia pretendemos amar y ser amados conocer y retar -pobres y necios- desafiando arrogantes, suprema ingenuidad, a la licuefacción del universo…
He regresado ayer a la calle pequeña (la calle de película) a la calle de Jones y estaba abandonada Tu patio estaba triste los árboles cansados. Volví para recoger aquellos besos, nuestra primera vez la desmesura, del cuerpo sin cubrir -deseo con el filo desnudado- el tatuaje en el pecho, nuevas notas, de amor los ojos asombrados He tornado al palacio estaba solo el senderito que emergía de pronto, desde atrás en el bosque presintiendo tu ausencia acobardado. Buscaba en la espesura bajo la copa de aquel sombrero chino miradas adoradas buscaba el ritmo de tu pedaleo bajo el azul inmenso, acompasado sólo encontré la brisa llevándose las hojas como irremediable símbolo hacia un destino incierto desgajadas.
Desde mi ventana veo la vida transcurrir, algunas veces sin poder hacer nada para impedir los acontecimientos que mal me afectan, otras la contemplo impávida y algunas otras participo, se participa también con el silencio. Cuando lo hago, pretendo mantenerme en la sombra pues mi timidez rehuye la demás gente que cuando se dirige a mí, me pone en el apuro de una respuesta que generalmente no tengo, la vida me llega así, tal como sucede, sin explicaciones porque creo que los hechos en sí, las traen implícitas y me parece necedad repetir lo obvio, los hechos son consecuencia del ayer y el ayer ya lo vivimos. Tengo una ventana más física desde donde miro el atardecer y los fuegos artificiales cuando la gente decide celebrar una libertad que no se explican, lo hago desde allí para que no me afecten los humos de la pólvora, que siempre me recuerda los muertos que seguramente no alcanzan a aspirar el olor de la bala que los mata, pues el olor les queda dentro. Calles y construcciones para el divertimento que albergan seres que se pasan la vida decorando su entorno en un afán por pelear contra el paso del tiempo que destruye las cercas, hace crecer la yerba y los amenaza con tragarse los bordes de los andenes que con diligencia cortan cada quince días. Estas personas también luchan contra los vientos huracanados que se llevan en un parpadeo, los salarios invertidos en el embellecimiento pasajero, tanto o más pasajero que la furia que arranca de raíz los árboles y se lleva entre el vientre rebelde todo lo que encuentra a su paso, esto por fortuna sólo ocurre de vez en cuando. Lo único que me reconforta, es el crepúsculo invariablemente colorido en sus combinaciones de naranja, rojo y morado que detrás de una torre con reloj se me cuela por la ventana fingiendo un incendio vespertino que me abrasa el sentimiento de nostalgia por la partida inexorable de la luz del día, pero que me alegra presagiando las noches de luna llena cuando ella atrevida “importuna” como en la canción de la china, se cuela por mi ventana para iluminar mis sueños más recónditos y guardados. Esa ventana detrás de mi cama, es en pequeña escala la muestra de los acontecimientos de la ventana mayor, más allá de nuestra mirada, acontecimientos que deciden la vida y el destino de cada uno de nosotros, pobres mortales que miramos sin ver y no podemos impedir las guerras ni los grandes negociados que nos suben y nos bajan en un vaivén macabro que nos manipula como marionetas, tirándonos y levantándonos. Nos engatusan con definiciones pero seguimos siendo unos ilusos mirando desde nuestra ventana un transcurrir ajeno a nosotros, a nuestro sentir y contra el cual no podemos hacer nada diferente de seguir mirándolo y soñando la idea de ser parte integral de la historia y sus acontecimientos.
Tis the love we give, fala la la la la la We all give and share Fala la la la la la We give thank to all Fala la la la la la We thank for the great things we have Fala la la la la la We thank for the food we have Fala la la la la la Fala la la la la la Fala la la la la la.
Yo traté de ser yo pero no pude quise ser mi retrato y me suplantaron. Ahora me deshago por la vida fingiendo el simulacro que huye de sí mismo acobardado.
Sunday, December 12, 2010
En pira funeraria mi corazón se agita condenado a cenizas que volarán sin rumbo después que el fuego vivo relama lo que queda los restos los pedazos después de tu partida.
Todo me duele, todo el fulgor que se apaga entre los extraviados ojos compungidos, la tarde que se muere en el hastío la sombra irreverente desdibujando nombres tan queridos, el cielo distraído La noche en que no estás la oscurecida luna del olvido el sonido de ausencia del llanto en los rincones reprimido las hojas de los árboles que cubren inclementes las huellas del camino la calle del encuentro los abrazos, la esquina, la vieja noche de los rojos vinos. Todo me duele, todo el vacío del patio el canto en el oído las manos solitarias sin destino la historia del amor las aves sueltas que vuelan sin cesar la piel helada sin tu piel de abrigo los anchos lechos del amor mentido
Todo me duele todo la fuerza del olvido la colosal distancia los eternos instantes me duele el sinsentido todo me duele, todo me duele respirar me duele el viento en su pasar y los sonidos la arboleda sin ti los flamboyanes muertos la casa de las plumas la playa sin calor el cielo yerto. Todo me duele, todo. En mi espacio sin ti me duele el despertar la simple brisa, la enorme soledad, la música y el verso. La inmensidad del mar me duele su gemido la lluvia en el palmar el mundo envejecido. Todo me duele, todo.
En un lugar de la mancha un hombre perdió el seso por dedicarse a leer historias de caballería, el mundo lo conoció con su escuálida figura, su fiel escudero, su amada hermosa y su brioso corcel. Álvaro en cambio, era conocido por su fuerte figura, su sonrisa sardónica y su afán de enseñar, su familia lo tenía en alta estima y era catalogado en general como un buen hombre, dedicado y fiel hasta que un viento huracanado lo obligó a transportar su ínsula a regiones ignotas de milenaria sabiduría, después de haberse deshecho de casi todos los libros y las pertenencias que casi como a don Quijada, lo tenían al borde del colapso por la fragilidad de la madera de su propia biblioteca y de su cordura puesta a prueba por un gorgojo que se instaló en ella con su muela perversa. A partir de entonces, Álvaro no volvió a ocupar su lecho –salvo para breves menesteres- sino que se acomodó en el espacio vacío de su biblioteca, pretendiendo llenarlo con su cuerpo y con su cara que últimamente se había convertido en angulosa y no por el exceso amoroso de su nueva pareja, sino por un extraño fenómeno que ahora, se la asemejaba a un libro. Extrañas manchas se fueron apoderando de su otrora despejado rostro, no con la candidez del adolescente ingenuo que no se atreve a invitar a la novia por su creciente acné, sino por notorias siluetas de letras que saltaban de un lugar a otro formando las palabras que él estaba pensando en ese momento. Grave se le puso la situación a Álvaro porque su tarea de educador se le empañaba con esta nueva enfermedad para la que no parecía haber cura. Las alumnas se espantaban con los pensamientos de su maestro reflejados en inglés, en español y en mandarín, que aunque muy pocas entendían, formaban figuritas como extraídas del kamasutra, libro que unos amigos habían comercializado años atrás en una feria del libro en la ciudad del sol, vendiéndolo a cinco dólares después de haberlo comprado en dos en la caseta de la esquina y que él habia agotado en sus noches de insomnio y sequía amorosa. Esta fue una historia que se grabó en el recuerdo de Álvaro por la fuerza de las imágenes que ahora él practicaba con renovada pasión y cuyo recuerdo le estaba acarreando serias consecuencias. La caseta de antaño era compartida con otros amigos que pretendían vender su obra para educar a una comunidad que consumía más arepas de choclo y masas de puerco que libros, y que asistía a la feria, no por el afán de la sabiduría sino por las bolsitas que los diferentes comerciantes ofrecían para llenar con publicidad, periódicos y revistas y que los dejaba a todos frustrados, a los escritores, con unas cervezas de más y con una carga de libros que debían devolver a casa sin el entusiasmo con que los habían cargado en la mañana. Álvaro se estaba desesperando, recurrió al viejo truco de cubrirse con polvo de arroz que lo protegía por algunas horas pero la fuerza de las letras lo iba desmoronando lentamente hasta desnudar completamente las palabras que a gritos expresaban el pensamiento del maestro que no era del todo académico y que lo ponía las mas de las veces en serios aprietos. Recurrió a formulas milenarias del oriente y a algunas más recientes de occidente, embadurnó su cara con toda clase de brebajes, con extractos aprendidos en su convivencia con los indios suramericanos y a otros que su fémina le preparaba con gran sapiencia, paciencia y fervor, emanados inclusive de su propio cuerpo, sin resultado alguno, entonces Álvaro recurrió a la literatura que aunque muchos afirmaban no servía para nada, contradecía a otros que aseguraban lo contrario y decían que era la única salvación de la humanidad y se dedicó a pensar cuentos breves y de esta manera ilustró a sus alumnos con las mejores historias de su pueblo y algunas de otros circunvecinos y remotos. Así aprendieron los muchachos que había aún un lugar donde se amontonaban los leprosos que no eran sólo personajes de la biblia sino seres de carne (algunas veces escasa) y hueso y escucharon canciones y divisaron estrellas y viajaron con la imaginación a través de la cara de este hombre que se había convertido en más que un libro virtual.