Cuando oí la palabra que definía mis síntomas sentí ganas de llorar, habían pasado seis años desde la partida de varios amigos cuyo nombre me llegó al instante; René, Zoila, Jaime; había logrado escabullirme de tan penosa peste y ahora finalmente sus tentáculos me alcanzaban. En ese momento crudo he debido pensar también en mi primo Fernando que después del desahucio, renació como el ave fénix y hoy está sano y feliz, pero no, el temor me dominaba y la palabrota zumbaba en mis oídos como el tinnitus renovado y acrecentado que la precedió.
El virus me atacó certeramente entre mi propia casa donde burlón utilizó a mi esposo con su tos para contagiarme, tos que había resultado inocua en las mismas pruebas de laboratorio de la víspera de las mías; en el primer momento por el terror que nos dejó el año 2020, no recordé que había tomado las precauciones y me había vacunado varias veces además de andar como el enmascarado de plata en los grandes acontecimientos teatrales que agrupaban gente gritando emocionada, claro eso no era suficiente si a mi consorte lo asfixiaba la máscara y la usaba a regañadientes; y, sucedió, mi nariz me lo informó y con la primera prueba arrojó el resultado positivo con una roja equis enorme sobre la palabra temida: COVID. Ahora llevo 9 días desanimada con oleadas de escalofrío y fatiga que no acaban de irse de mi vera y lo peor de todo que me siguen manteniendo aislada por el temor de contagiar a algún inocente que se cruce en mi camino, a pesar de la teoría de que al quinto día deja de ser peligroso, ya no creo en teorías, creo más en el orden del desorden que ahora impera, nos desgobierna y destruye todo lo que amamos. ¡Salud familia y amigos!
¡Me faltan los abrazos y los besos, así sean forzados y de medio lado!
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