La inteligencia artificial
Está de moda la inteligencia artificial, se puede usar en cualquier actividad humana, es interesante en la medicina, en las estadísticas, en la programación de vías de transporte, en la predicción del tiempo, de las cosechas y en la producción. En la matemática de las distancias de viajes interestelares, en las cirugías complicadas en aparatos y prótesis para personas desvalidas, ahí la amamos y nos parece el gran paso de la humanidad.
La inteligencia artificial tiene vigencia y merece respeto en la ayuda científica y en todos los campos donde represente un avance colosal y nos inclinamos ante ella en esos territorios y entendemos que sea usada hasta para organizar las vacaciones aunque quita el placer de los descubrimientos en un momento tan excitante como escoger destinos, sitios históricos o sencillamente dar un paseo por calles que pisaron emperadores, damiselas y ejércitos; lugares que recibieron la sangre de las batallas, las hogueras impías, que conservan en el tiempo los lamentos de los crucificados o los pétalos de los enamorados.
Es posible que en algún caso extremo tengamos que recurrir a esa modalidad sin sentimientos, algo así como un mapa que habla, –en una mente cuadrada puede no ser tan malo– que maximiza el tiempo de disfrute con una agenda perfectamente organizada que, creo es de lo que se huye cuando de descansar y conocer se trata.
Nos estamos robotizando a pasos agigantados, pero en esta era de información por toneladas, es posible que algún día, irremediablemente y para simplificar, caigamos en este monstruo que por ahora intenta seducirnos sin resultado.
Lo que sí es grave y lamentable de esta inteligencia, es el uso indiscriminado en el área de las humanidades, nos molesta, por ejemplo, el descubrimiento de algunos personajes que antes considerábamos escritores y que ahora comprobamos que no habían alcanzado tan alto vuelo, porque de la noche a la mañana se transformaron en artificiales poetas repetitivos, olvidando su esencia y estilo natural que por sencillo y espontáneo fue quizás más ameno y apetecido.
¿A quién creen que engañan?
La inteligencia artificial para quienes escriben es una farsa que anquilosa el cerebro y mata el placer de buscar la palabra precisa, la manera perfecta de definir lo que se está contando. Es un ropaje barato que tarde o temprano se rasgará ante los atónitos ojos de los lectores. La inteligencia artificial es la faja que asfixia a las señoras que pretenden guardar sus carnes entre ellas, son los senos postizos que producen dolor en la espalda de quienes los portan y terminan siendo inconvenientes con la salud dentro de un organismo que sabe que son cuerpos extraños y los rechaza constantemente. La inteligencia artificial es momentánea para lucir un maquillaje exagerado y común entre los usuarios que les pondrá los mismos rasgos que a los demás y que al cabo del tiempo se correrá porque no forma parte de la estructura física, menos cultural ni mental de quienes la usan. Son millones de datos robados a personas que se esforzaron en la creación y que aportaron realmente al gran bagaje de la escritura universal.
Tal como van las cosas… ‘lo que ahora vas a oír no te asombre’, se irá imponiendo esta modalidad y el público se arremolinará para aplaudir con furor a los nuevos poetas artificiales.